Explosión del VIH en Chile: una enfermedad a la que se le perdió el respeto

Es una epidemia que avanza transversalmente: se enferman tanto en el barrio alto como en las zonas más pobres de Chile. Suma contagios, pero, a diferencia de hace dos décadas, es un virus que se ha normalizado y los grupos etarios más afectados ya no le temen. ¿Qué se hace en un país que se acostumbró al VIH? Especialistas y organizaciones apuntan a afianzar un trabajo coordinado entre educación y salud.

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Ignacio tiene 28 años y desde niño solo recibió formación cristiana: su familia es del Opus Dei, por un lado, y, por otro, schoenstattiana. Por eso cree que, cuando se enteraron de que tenía VIH, reaccionaron como lo hicieron: su papá ya lo había molido a palos varias veces por ser gay, así que no le contó; su mamá se cuidaba de no hacerle tanto cariño, de tener una loza especial para él apartada en la casa. Hubo parte de su familia que jamás se enteró, aunque ya vive hace cinco años con el virus. Pero lo peor fue descubrir cómo lo adquirió.

Su pareja por cerca de tres años jamás le dijo que vivía con el virus, hasta que un día Ignacio despertó con vómitos persistentes.

“Él me trataba horrible, me pegaba manotazos en la noche porque no lo dejaba dormir de mi dolor de guata. Le daba lo mismo. Me compraba paracetamol para que me calmara. No estaba ni ahí”, cuenta.

Fue al médico de urgencia y le dijeron que podía ser una infección estomacal. Bajó varios kilos en pocos días, hasta que su mamá lo llevó a otro especialista. Él solo le tocó el estómago e Ignacio se desplomó.

“Me hicieron un examen de sangre y supe que tenía Hepatitis B. Otro médico me dijo que casi estaba para trasplante, pero que tenía cero posibilidades porque un cola no era prioridad. Ahí solo me recomendó que hiciera de tripas corazón y empezara a cerrar todos los ciclos que pudiera porque me podía morir”, recuerda.

Fue entonces cuando Ignacio, que había abandonado el departamento que compartía con su pareja, se acercó a hablar con él.

“Aparte de esto, ¿qué más me pegaste?, ¿tienes algo más?”, le gritó con rabia a su pareja, que le contestó con una risa nerviosa:

–Tengo Sida.

–¿Hace cuánto? ¿Dos años?

–No.

–¿Hace tres?

–Hace muchos más.

Pasaron pocos días. Una tarde de noviembre de 2012, Ignacio recibió el llamado del laboratorio para confirmarle lo que él también sabía. Su pareja lo había contagiado con VIH.

Sin miedo a enfermar

Ignacio cree que su contagio es el ejemplo de una actitud generalizada frente al virus. “Hay mucha gente a la que le da lo mismo estar enferma, porque es una generación que creció sabiendo que ya no te mueres por tener Sida si la enfermedad está controlada. Es una enfermedad crónica y con tratamiento a la mano”, cuenta Ignacio, intentando explicar la indolencia que existe en su ex pareja y también en muchas de las personas a las que conoce.

“Cómo le dices que se cuiden del Sida a personas que no le tienen miedo”, plantea.

Él ha escuchado decir a sus amigos que ya no se quieren tomar la terapia porque “se les pone la piel fea o les da vómitos o se sienten raros”, comenta. “Y eso hace que el virus sea más agresivo”, agrega.

Según el último informe de Onusida, entre 2010 y 2016 los nuevos contagiados crecieron 34%; la cifra más alta de la región. La mayor parte de los casos se concentra en la población homosexual y, pese a que Chile tiene un gasto sostenido en terapias, algo sucede que el país se ha convertido en un buen dispensador de terapias, pero no efectivo a la hora de la prevención.

Esteban tiene 24 años y solo hace dos meses supo que tiene VIH. Asegura que siempre se cuidó, sobre todo porque no tenía una pareja estable, pero dice que le pasó la cuenta el poco conocimiento que tenía respecto al sexo.

“En los colegios públicos se habla muy poco de la sexualidad humana y casi te dicen ‘tome el condón y listo’. Nos cuesta hablar de que el acto sexual tiene varias etapas y no es solo una penetración; también hay excitación, sexo oral, preámbulo. En esas oportunidades también hay riesgo”, asegura Esteban, que dejó sus estudios en Santiago por irse a la Décima Región y ordenar un poco su cabeza después que el diagnóstico fuera un balde de agua fría.

-¿Por qué se sigue contagiando la gente?
-Porque ya no existe miedo a la enfermedad. Total, ya hay fármacos y tratamientos y nadie se muere… eso piensa la mayoría, pero no es tan así el cuento. Yo estoy en buen estado, indetectable (se refiere a que en la sangre circulante la cantidad de virus existente es prácticamente nula, aunque la enfermedad nunca desaparece), pero los medicamentos a la larga tienen efectos adversos, puede haber resistencia. Lo ideal es que las personas vivan sin fármacos, pero no sé si todos lo tienen tan claro.

Una de las críticas al aumento de contagio es que la enfermedad se ha “medicalizado”, señala una persona que vive con el virus hace 5 años, y eso hace que se aflojen algunos controles. Por ejemplo, en aplicaciones como Tinder y Grindr, entre la comunidad gay sobre todo, es posible encontrar que, además del perfil típico con la descripción de cada persona, también diga “indetectable”.

Tan poco afecta el miedo, que también existen juegos sexuales amarrados a cierta indolencia. “Una vez, mientras iba a buscar mi terapia, se me acercó un chico. Yo pensé que me iba a pedir un pucho o fuego”, comenta Ignacio. Pero el joven que se le acercó quería otra cosa: “Nos pusimos a hablar y me dice que trabaja con un tipo que hace fiestas y que yo cumplía con el perfil de niño que andaban buscando. Le pregunté ‘qué perfil’. Me dijo que invitan a varias personas sanas y a una con Sida y tú tienes sexo con quien tú quieras. Era parte del vértigo”, relata.

Edgardo Vera, jefe nacional del programa VIH/Sida del Ministerio de Salud, asume que existe una mayor normalización de la enfermedad. “Ahora es algo tratable, ya no tiene ese sino de muerte”, señala.

Según la última Encuesta de Calidad de Vida del Minsal, el uso del preservativo ha aumentado. De los 15 a los 19 años, creció de 34% a 40%. Sin embargo, como dice Vera, también hay una enorme zona negra de hombres que no van al médico durante gran parte de su vida, sobre todo cuando están más sexualmente activos. “La pregunta es cómo seguimos optimizando el uso de preservativos”, dice Vera.

La responsabilidad del Estado 

La Corporación Chilena Acción Gay nació en 1987 y es la primera experiencia comunitaria motivada por hombres gays para informar respecto al VIH y el Sida. También fue la primera ONG en hacer test de Elisa, que detecta el VIH. Antes atendían a 20 personas a la semana. Ahora son 50.

Marco Berrera, presidente del organismo, cree que el error ha estado en que la prevención no ha sido intersectorial. “El factor educacional es clave y es grave. El Ministerio de Educación tiene responsabilidad directa en el aumento de los casos. Los últimos gobiernos no han sido capaces de disminuir la cifra”, precisa.

Según Becerra, en los últimos 8 años ha habido un descompromiso que también ha sido apoyado con falta de recursos. Suma datos: la mayor parte del presupuesto de VIH/Sida se va a terapias, no a campaña de prevención y este ha disminuido producto de que también se perdieron convenios internacionales que aportaban recursos. “Si en el año 2010 había 2 millones de dólares para campañas anuales, hoy hay menos dinero”, dice. De hecho, en la campaña 2017 se invirtieron 399 millones de pesos.

Él mismo también cuenta que hasta el año 2009 hubo un convenio entre el Injuv y Educación para aumentar la disponibilidad de condones en los infocentros, lo que hizo que existiera una declaración de aumento en el uso de preservativos entre los jóvenes. “Sin embargo, se eliminó ese programa y con ello esa declaración bajó de 60% a 30%”, detalla el presidente de Acción Gay.

El grupo que más se ha disparado en contagio es el de 20-29 años, porque cuando “son jóvenes se creen superhéroes”, comenta Mónica Núñez, pediatra y gerente de la Corporación Municipal de Lo Prado, que el 2011 hizo una reflexión que ayudó a bajar los índices de embarazo adolescente en su comuna: si los jóvenes no van al consultorio, lo más obvio es que el consultorio vaya a los colegios.

Así se armó un plan piloto en 5 colegios, que se extendió a los 11 establecimientos de la comuna. Lo bautizaron como las tres A: por Alimentación saludable y actividad física; Afectividad y sexualidad; y Autocuidado.

En Chile un adolescente de 14 años se puede hacer un test de VIH, pero como son cargas de los padres todo puede ser engorroso para ellos, además del shock de enterarse sin contención.

En los colegios de Lo Prado están preparados para eso. “Los consultorios no son un buen lugar para que un joven llegue, por eso se armaron estos espacios reservados en los colegios. Ahí cumplen su jornada completa los profesionales de la salud. El primer modelo fue para prevenir el embarazo adolescente, cifra que disminuimos de 20% a 15%. Ahora tienen afectividad desde Quinto Básico y si tienen preguntas o conductas de riesgo y es necesario hacer el test de Elisa, se realiza y se envía a Salud. Es decir, ellos no se exponen a ser vistos en el centro de Salud”, cuenta Mónica.

Con el conocimiento extendido que tiene sobre la materia, le resulta obvio que, para combatir el contagio, es necesario un trabajo coordinado entre educación y salud. “Es lo mínimo. Nosotros debemos estar donde están ellos, no donde nosotros queremos que estén”, afirma.

Andrés Soffia, coordinador de la Unidad de Inclusión y Participación Ciudadana del Ministerio de Educación, señala que el tema ha estado en las preocupaciones del Mineduc. Detalla que desde 7° básico a 2° medio existen Objetivos de Aprendizaje y actividades que permiten abordar todas las aristas del VIH/SIDA e infecciones de transmisión sexual (ITS) “desde el currículum nacional vigente, y obligatorio para todos los establecimientos educacionales con reconocimiento oficial, en las asignaturas de Orientación, Ciencias Naturales y Biología. A su vez, en los Otros Indicadores de Calidad Educativa (OIC), que miden el desarrollo personal y social de los estudiantes, se incluyen elementos sobre prevención del VIH/SIDA y las ITS”.

Sin embargo, es cada colegio –donde cada vez ha aumentado más la matrícula privada versus la pública– el encargado de llevar adelante un plan que integre las dudas, temores e ignorancia de la población que va camino a ser la más vulnerable en relación con el contagio.

La pastilla del día después 

Uno de los gastos más fuertes en cuanto al VIH/SIDA son las terapias. En 2016, se invirtieron $89 mil millones en ellas y, debido a que son parte del AUGE, son entregadas de forma gratuita.

Otro de los problemas actuales es que hay quienes dejan de tomar la terapia por distintos motivos y en torno a ese acto también se ha levantado un mercado negro difícil de parar.

En los últimos años se ha hecho famosa la “Truvada”, una píldora que es parte del tratamiento, pero que también se está usando como “pastilla del día después o del día antes” de tener sexo sin protección con alguien infectado.

También en Grindr a veces es posible ver una pastilla azul en el perfil de algún usuario: es un ícono que sirve para informar que esa persona vende la píldora.

“Los chicos hacen todo el trámite y, cuando les dan medicamentos a los seis meses, ahí hacen el negocio”, cuenta Ignacio y entrega más detalles: “Ahí ya están indetectables y empiezan a vender esta pastilla. Una pastilla se vende a 50 lucas y 3 por 100 o 150. Esos son los valores. Si tuviste una relación sin cuidarte, ya te puedes tomar esta pastilla”, relata.

Ignacio está en contra del negocio, no solo porque hay alguien que deja de tomar su terapia y lo necesita. “Es jugar con un arma cargada. No sabes qué va a pasar. Aparte, te estás metiendo en algo abusivo para la gente, porque las terapias son muy caras. Una persona sale 850 lucas en Fonasa y paga 18. El resto sale del bolsillo de todos los chilenos. Entonces, ¿cómo le pedís a la gente que te acepte si estás haciendo esto?”, se pregunta con rabia el joven.

Marco Becerra cuenta que el mercado negro es una realidad que no se puede ignorar. Existe un 30% de personas que, estando en terapia, la dejan. Esto genera inmunorresistencia y expone a la población sin VIH.

“Existe un fenómeno asociado a la terapia que generó una falsa seguridad, pero aún así no puede ser que, mientras en todas partes los contagios disminuyen, aquí no sea así”, comenta Becerra. Fuente: El Mostrador

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